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    April 26

    La mentira de la democracia

    La mentira de la democracia.

    magnífico texto (aunque me cueste admitirlo) de mi hermano Marcos. Leanlo con calma. Aviso: para una correcta comprensión del texto, es recomendable haber leído antes algo de literatura.(absténganse lectores del Código Da Vinci)

     

     Vivimos en una sociedad que según ella misma ha aprendido los errores del pasado, para convertirse en un sistema pacífico y que garantice la libertad y el bienestar de sus ciudadanos. La democracia parlamentaria se ha impuesto como sistema político, y, en base a la famosa cita de Churchill, ha sido mitificada como única manera posible de gobierno. Todo aquel que arremete, clama, o hace una crítica seria contra ella está condenado a ser tachado de inmoral, fascista y retrógrado. Esta democracia es la base política sobre la que se alza un sistema económico injusto, explotador y totalitario: una carcasa de plástico reluciente sobre la que hay grabadas palabras como “libertad” y “consenso”, que, hábilmente vendida por los políticos, inmuniza el sucio capitalismo que alberga en su interior.

     

    La base moral de la democracia es de la más noble y sana intención. De hecho, tenemos aún caliente el recuerdo del periodo de transición, hoy beatificado, que auguraba un sistema político plural, con puntos de encuentro y divergencias, de maneras cordiales y de inteligentes discursos, llenos de contenido real. Pero la realidad ha cambiado drásticamente en muy poco tiempo. La España emergente de aquellos años, la masa popular votante, era una gran tarta de diferentes posturas y opiniones, que se vio reflejada en la gran cantidad de partidos y el atomizado resultado electoral de las primeras elecciones. Pero, hábilmente conducida por los poderes fácticos de hoy, esto es, los medios de comunicación, a esa masa atomizada se le fue imponiendo una conciencia “democrática” en la cual debían de encauzar su voto a un fin “útil”. La sinceridad inicial, el voto ideológico, se redujo a un pequeño grupo que, dada la polarización masiva, quedó al margen de la construcción democrática. Si repasamos una por una todas las democracias occidentales, veremos que en la gran mayoría, si no en la totalidad, la representación parlamentaria la acaparan dos partidos de tendencias ideológicas homologadas: los socialdemócratas y los democristianos. El patrón se repite, por supuesto, en España. Si el PSOE representa la izquierda moderada y conciliadora, el partido socialdemócrata que recoge el voto de los ciudadanos progresistas, el PP constituye la opción de derecha céntrica, que tiene en su nido a los elementos más conservadores de la sociedad y los católicos más profundos. Los resultados de las elecciones de las décadas de 1980, 1990 y 2000, muestran como entre estos dos partidos se reparten más del 70% de los votos del país. ¿Es posible que el 70% de la gente se sienta representada por uno de estos bloques? La respuesta inmediata es “no”, pero porque no hay otra opción. La democracia, ese sistema ideal en el que todos los ciudadanos pueden expresar su opinión y ser gobernados por alguien con quien se sientan representados, se reduce a un voto cada cuatro años, en el que casi tres cuartas partes del país votan a un bloque u otro. Podemos remontarnos a otros periodos políticos, y ver cómo esta idea bipartidista no es original del siglo XX, ¿o no pasaba lo mismo con Liberales y Conservadores en tiempos de Alfonso XII? Cánovas había ideado el sistema con la idea de conseguir una estabilidad política fuerte: pero el eje central de dicha estabilidad, era y es la falta de criterio a la hora de votar. ¿O en una sociedad con criterio electoral, estaría representado únicamente el sentir popular en dos partidos? El objetivo, controlar establemente la tendencia masiva de la sociedad, sirve a un fin mayor: la estabilidad perenne del sistema económico que respaldan los dos partidos políticos mayoritarios. Analizando críticamente, tanto socialdemócratas como democristianos, PSOE como PP, tienen unos fundamentos muy similares. Sólo en pequeños matices –leyes sociales, financiación de instituciones- existe una diferencia, pero ambos garantizan la correcta marcha del sistema político y económico sin variar un ápice su estructura.

     

    ¿Cómo ha sido posible ese cambio de la sinceridad política y electoral al voto polarizado? Los mecanismos para el establecimiento de esta nueva conciencia popular han sido obviamente puestos en marcha desde el propio poder, ayudado por los medios de comunicación. En un vistazo rápido a los medios de comunicación de masas del país (y de todo occidente), podemos catalogarlos mentalmente según defiendan o no a un partido determinado. Ya no existen periódicos independientes de consumo popular, ni radios apartadas de la línea de alguno de los bloques. Los medios de comunicación son un arma que sirve a los intereses del capital, beneficiándose como partícipes del sistema, pero son también un arma política, una campaña electoral permanente a favor y en contra de tal o cual formación. Solamente un partido que cuente con el apoyo de algún medio puede proliferar, y ya no servirá su sincera orientación política, sino el apoyo que reciba, económico y mediático. El bipartidismo se apoya en este hecho, y es el hecho en sí el que imposibilita la vida democrática real ¿O llegado este punto, se puede admitir que esto es democracia? Desde todos los ámbitos se fomenta esta simplificación ideológica, y cada vez son menos las diferencias reales entre una u otra opción. La enajenación del criterio político es uno de los logros de la democracia, el gran logro. La campaña electoral es, a este efecto, solamente un teatro en un juego en el que todo ha sido ya decidido ¿Quién cree que en 15 días se ganan unas elecciones? La falta de posturas críticas divergentes de las dos opciones, más a la izquierda del PSOE o menos a la derecha del PP crean un ambiente en el que se identifica, desde los medios, lo bueno con lo propio, y lo malo con el resto. ¿Democracia? Dictadura, del capital, de los medios. Eso sí, legítima, y quien diga que no ¡terrorista!.

    NILO 1

                                                           

     

    Fuera, en el patio, unos yerbajos sobresalían entre las baldosas. En ese lugar, todo estaba ajado, viejo, rancio. Un infierno esquelético y absurdo, en el cual estaba condenado a permanecer.

    El Instituto de Educación Secundaria Obligatoria Luis Carrillo De Sotomayor inspiraba en mí una sensación de desprecio absoluto; un lugar odioso en el que los profesores, ineptos y antipáticos, envenenaban la mente de unos alumnos ya de por sí anonadados y embrutecidos con una ideología conservadora y sistemática, exenta de esperanza y  color.

    Don Antonio Vega, el profesor de lengua, escribía pausadamente en la pizarra el tema de la semana. Hacía un calor insoportable, y las moscas se posaban en todas partes. Un olor repugnante inundaba la estancia, y la desidia era la única compañera, capaz de hacerme volar lejos, muy lejos de allí.

    Mientras garabateaba burdamente su cara en el cuaderno de lengua, trataba de no olvidar que estaba vivo. En la marea de dejadez y cansancio en el que nos sumerge  la semana, es fácil olvidar. Incluso se puede olvidar el propio sentido de la existencia, pero eso es otra historia.

    En la vida del alumno medio, el fin de semana representa más que un descanso. Es el máximo exponente, el ejemplo más exacto que se puede utilizar para explicar la libertad tan limitada de la que disponemos. Realmente, la libertad nunca será completa, porque somos esclavos del amor, tal y como lo era yo entonces. A esa misma conclusión han llegado miles de personas antes que yo, pero, ¿no merece la pena repetirlo? ¿No merece la pena recordarnos a nosotros mismos, que la misma libertad por la que han luchado tantas generaciones, no existe realmente? No puedo responder a eso.

     

    El timbre resonó por los pasillos como un grito desgarrado y soez, distorsionado. Perezosamente metí el libro que ni siquiera había abierto, y el cuaderno sin cerrar en la cartera. Habían pasado cuatro horas desde que entré a clase. Mis compañeros me parecían ahora demasiado afortunados como para dirigirles la palabra. Absortos en su ignorancia, sumergidos en una felicidad egoísta.